jueves, 24 de marzo de 2016

Prefacio

Era Julio de ni Dios recuerda qué año. Hacía escasamente una semana que habían comenzado los preparativos para las fiestas veraniegas de aquel pintoresco pueblo costero del que actualmente solo quedan las ruinas que la guerra quiso dejar con su falsa generosidad.

Una vez llegaba el 45 de junio, el pueblo siempre se transformaba hasta el punto de parecer un hijo ilegítimo de lo que solía ser durante el frío invierno. 
Las tranquilidad de la aquella bahía tan tranquila y tan azul índigo, contrastaba con el pandemonium constante que había en cada una de aquellas callejuelas con suelo de guijarros, donde se alzaban en tira como si de un arsenal se tratase, un montón de casas blancas y azules, que trasladaban a cualquiera al famoso encanto griego.
Las coloridas guirnaldas unían los balcones y las ventanas de todas las casas existentes, haciendo que todas las familias estuviesen más unidas que nunca, dando tregua por una vez a las diferencias que solían separarles durante el invierno. A lo largo de las calles, cada cuatro metros se alzaban jardineras de pizarra que habían dado cobijo a frescos y frondosos naranjos y limoneros que ayudaban a mantener el aire puro, de ellos colgaban cordones que sujetaban pequeños frascos de cristal tallado donde a su vez, albergaban pequeñas velas blancas que daban luz hasta al callejón más recóndito y al alma más triste.

Al filo del pueblo, haciendo las veces de frontera con la playa, se encontraba el paseo marítimo. El mismo camino se alargaba entre dos espigones de rocas, y en él, se podía encontrar todo tipo de exhibiciones que pretendían festejar la llegada del verano y las fiestas. 
Los rincones del paseo estaban repletos de músicos que habían llegado de pueblos lejanos a mejorar la acústica del pueblo con sus acordeones; los heladeros pretendían deleitar con sus especialidades, recién conocidas en la Italia más profunda, los paladares de los más curiosos del lugar; los pintores retrataban con un esfuerzo febril las caras de insatisfacción de los aristocráticos que se podían permitir desembolsar una gran cantidad de reales; mientras que, cada día, cientas y cientas de personas de todos los estratos sociales, se acercaban a callejear, a tomar té, a deleitar los sentidos con cada puesta de sol, a cotejar a la vecina de enfrente o a ellos mismos sabrían qué.


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En esos días de alegría obligada y de diversión asegurada, había quien tenía que vivir la otra cara de la moneda. Entre esas personas estaba Julio, hijo del humilde panadero del pueblo e hijo de una más humilde aún ama de casa. Ni el buen hacer, ni la generosidad, habían salvado a esa familia de los infortunios, ya que la última astenia primaveral trajo consigo un brote de fiebre amarilla que afectó sobre todo a los menos acaudalados de la región, entre ellos a Sempronio, el padre de Julio.
El turbio porvenir y la incertidumbre de quien sabe que se acerca la muerte de quien te da la vida, hicieron al muchacho de diecinueve años tener que abandonar los libros y de rebote, también la juventud, y empezar a trabajar veinticinco horas al día en los astilleros navales del pueblo. No le pesaba en la vida el gran esfuerzo que hacía con su labor día tras día, pues sabía que era la única solución para poder pagar la medicina milagrosa que devolvería el color de las mejillas de su padre. 

Entre las largas e inhumanas jornadas, tenían una escasa media hora para reponer las energías y esconderse del caluroso sol de julio. Desde el minuto uno, Julio hizo migas con César, un compañero de su misma edad que trabajaba con la motivación de poder comprarse una vieja avioneta y sobrevolar el Pacífico. Por tanto, aprovechaban los escuetos descansos para sacar a flote a los niños que llevaban dentro, se subían al tejado de la casa abandonada más cercana y tiraban migas de pan a los estirados burgueses que se atrevían a pasar cerca de donde estaban ellos; acto seguido, siempre se escondían y reían y reían, siempre con frescura y picardía. 





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