miércoles, 23 de marzo de 2016

Preludio

Si algún día alguien decidiese preguntar por la historia de su vida, no habría respuesta más sencilla ni escueta, que la que lleva ya ensayando desde que empezó a advertir que la vida se le escapaba entre los años que había vivido y los pocos meses que le quedaban por vivir:
"Mire, hijo, en mi vida hubieron dos puntos de inflexión, el día que la conocí y el día que poco después debí partir. Entre esos dos puntos, viví, antes y después de ellos, me limité a ver la vida pasar".

Su expresión cambiaba ante el viejo y oxidado espejo rococó cada vez que, desde que había llegado el clima otoñal, se repetía a sí mismo esas palabras, con el fin de mejorar un relato que pretendía que llegase hasta el tuetano de cada posible espectador. Al fin y al cabo, si no era hacer crecer flores en los oídos de los curiosos que se acercaran a preguntar, ¿qué otra utilidad podría tener la historia en la que se prendó, imprimó y definitivamente se ancló, y que como todas aquellas historias sinceras que se viven a los veinte años, tuvo que ser dada de baja y puesta en venta por quien no entendió que la palabra amor, no casa con orgullos ni prejuicios?

Entre los pliegues de las arrugas que se habían asentado ya en su piel tras setenta y tantos años de vida de melancolía y desazón, no había espacio para esconder las tristezas. Más bien, estas brotaban por cada poro de su piel, dejando por cada lugar por el cual vagaba, un cierto halo que más que perfume, parecía esencia pura de mar. Los médicos siempre la atribuían al más de medio siglo que hubo de pasar frente al océano, cumpliendo su deber de marinero. Lo cierto es que nadie podría negar que su memoria encerraba mil y una historias y que ni el paso de los equinoccios terminarían por borrarlas.








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